El mejor regalo

He recibido varios regalos muy apreciados en mi vida—regalos de personas queridas que me recuerdan de ellas cada vez que los veo, o regalos que me recuerdan de una celebración especial. Pero hay uno que es singular en mis memorias, tanto que lo tengo colgado en la entrada de mi casa para que cada vez que lo observo (lo cual ocurre múltiples veces cada día), experimente de nuevo la misma sensación de asombro, inmensa felicidad, y amor que sentí el día que lo recibí.

No recuerdo todos los detalles del día, en parte porque no sabía que iba a querer recordarlos después. Éramos recién casados. El día anterior habíamos pasado por el pequeño pueblo de Ruckersville, Viriginia en el camino de Charlottesville (donde acababa de terminar mis estudios graduados y donde nos habíamos casado un año y medio antes) a nuestra casa en Alexandria.  Ruckersville no es mucho, y era mucho menos hace 20 años. Tenía una gasolinera, un restaurante “Subway”, un concesionario de coches usados, y dos tiendas de antigüedades.  Había una de ellas que siempre nos gustaba visitar: The Greenhouse Shops.  Allí Habíamos comprado antes varias cosas: un escritorio de roble, la vasija para nuestra boda, uno que otro libro. Ese día me había fijado mucho en un cuadro. Lo había visto hace un año y me sorprendió mucho que no lo hubieran vendido. Me encantaba de verdad, pero me parecía un poco caro, y además no llevaba firma ni había datos sobre su origen. No obstante, el cuadro me cautivaba cada vez que lo observaba.

De tamaño no era impresionante, aproximadamente 11 pulgadas por 14, y el marco—cuidadosamente tallado en madera y teñido de bronce—formaba por lo menos 3 pulgadas de esto. La escena también era sencilla: un paisaje bucólico con un pastor y su rebaño de ovejas, un perro labrador a su lado, una arboleda detrás. Los colores eran ricos—verde, oro, marón—todos enriquecidos por el resplandor de la luz del alba que iluminaba la escena por detrás. Me fascinaban las ovejas, y la manera en que estaban pintadas. Su lana les circundaba los cuerpos exagerados en líneas perfectas de rollos blandos, dando un sentido de movimiento.  Pero más que nada, tenía ese “no sé qué.” Me cautivó, no sé explicarlo.

Salimos ese día de la tienda sin comprar nada y volvimos a Alexandria. El día siguiente era el Día de San Valentín. Mi marido se excusó por la tarde, sin decirme adónde iba. Suponía que iba a comprarme unas flores o chocolates, pero cuando no volvió en varias horas, empecé a preocuparme un poco. No teníamos teléfono móvil entonces, así que lo único que me quedaba era esperar. Por fin llegó, y con un pequeño paquete en la mano: ¡Había manejado 4 horas de ida y vuelta para mi cuadro! Era el regalo más espontaneo, más generoso, más romántico que he recibido en mi vida.

Cuadro

Desde entonces he intentado, aunque no con mucho esfuerzo ni éxito, identificar mi cuadro. No tiene firma, ni otros indicios de su origen. Una amiga me dijo una vez que parecía mucho los cuadros de la Hudson School, lo cual me parece posible, aunque no puedo probarlo.  Sin embargo, no importa. Mi cuadro es especial no solo por su escena bucólica tan bonita, sino por el amor que representa ahora para mí.

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