Por el amor de la patria

AmericaEl otro día vi una pegatina en el parachoques de un coche “America Love It or Leave It”—un lema que se oía mucho durante la guerra en Vietnam en los años 70, pero que ya no es tan común. La pegatina me hizo pensar en una amiga mía. Es la persona más patriótica que conozco. Ama este país con todo su ser, lo defiende ardientemente contra cualquier crítica, y jamás querría dejarlo.  Pero  mi amiga no es estadounidense. No es ciudadana, ni siquiera una residente permanente, ni tampoco “ilegal”, sino que está viviendo bajo lo que se denomina un “estado aplazado” (deferred status), lo cual significa que vive en un constante estado de inseguridad, teniendo que solicitar cada dos años otro aplazamiento.  Para mi, el caso mi amiga es representativo de los problemas con nuestras leyes de inmigración, y también apunta unos problemas que sufren muchos de los pobres en nuestro país, sean inmigrantes o no.

Hace unos diez años mi amiga vino a Estados Unidos con su marido, y 3 hijas pequeñas de su país natal de Uruguay. En Uruguay no vivían bien, y para ellos vivir en los Estados Unidos les daba la oportunidad de hacer una vida mejor para su familia. Llegaron bajo un visado de turista y nunca volvieron. Su esposo trabajaba en una casa para ancianos como enfermero, y ella se quedaba en casa con las niñas. Un cuarto hijo nació aquí poco después. Yo la conocí por primera vez en la escuela de nuestras hijas mayores. La educación para mi amiga siempre ha sido uno de sus valores más altos, y ha querido que sus hijos logren algo mejor que ella pudo. Todo iba bien hasta hace 5 años cuando su marido se enfermó de cáncer. Claro que no tenían seguros médicos, y cuando descubrieron su leucemia, la enfermedad ya era muy avanzada. Mi amiga intentó ingresar a su marido en unas pruebas científicas para recibir tratamiento gratis, pero después de meses de lucha, se murió trágicamente. Mi amiga ahora tenía que criar a 4 hijos sola, buscar trabajo para sostenerlos, y preocuparse por su estado legal. Consiguió trabajo (trabajos mejor dicho) con las escuelas públicas como traductora, trabajadora en la cafetería, y monitora en los autobuses para los alumnos. Con la ayuda de sus amigos en la comunidad, logró su “estado aplazado” del INS, lo cual significaba que no tendrían que dividir la familia, ni tampoco que sus hijas, que no recordaban Uruguay ni tampoco hablaban español, tendrían que dejar el único hogar que conocían. Pero el precio de esta “seguridad” (muy incierta), era que cada dos años tenían que pagar miles de dólares en tarifas a la oficina de Inmigración y lo peor era que mi amiga no podía trabajar (o mejor dicho no podía ganar dinero de su trabajo, porque siguió trabajando sin pago) durante el período que esperaba su respuesta. Si no fuera por el Salvation Army, muchos buenos amigos, el almacén de comida de nuestra iglesia (a la que asiste también mi amiga), y la testaruda determinación y eterno optimismo de mi amiga, no sé qué les habría pasado.

Hace un poco más de 2 años mi amiga  empezó a salir con un hombre americano que conoció por un amigo mutuo. Este señor tenía un hijo pequeño (de 2 años) y se mostraba muy cariñoso y sensible con mi amiga y sus hijos.  Les parecía a los dos que juntos podrían confrontar mejor sus desafíos económicos, familiares y legales. Se casaron pronto (demasiado pronto, creo yo)  pero no fue como mi amiga imaginaba.  Este señor le ocultaba varios problemas de mi amiga (¿no es esto siempre el caso?), incluyendo su adicción a Vicodin.   Unos meses después de casarse fue arrestado por posesión de esta droga sin  receta médica válida. No fue su primera infracción, así que tuvo que pasar 3 meses en la cárcel.  Su tiempo lejos de la familia fue difícil para él, para su joven hijo, y para mi amiga y sus propios hijos.  Después de salir, el esposo estuvo sin trabajo por otros 6 meses, y tuvo que superar su adicción como parte de su “parole” y para su propio bien. Durante todo esto, la segunda hija adolescente de mi amiga intentó suicidarse dos veces, y tuvo que pasar un mes en el manicomio estatal en Staunton.  La hija mayor dejó la casa justo antes de graduarse de la escuela secundaria para vivir con su mentor de high school y escaparse (mi interpretación) de la pobreza y el drama de su casa. Pero por fin parecía que las cosas se arreglaban. El nuevo esposo encontró trabajo y estaba contribuyendo otra vez positivamente a  la vida de la familia. Planeaban entregar los papeles para la residencia permanente para mi amiga y sus hijas (el hijo es ciudadano ya).  Pero no. El esposo fue acusado de otro crimen, esta vez de fraude al gobierno por mentir sobre sus ingresos verdaderos para poder recibir cupones para alimentos. Esto ocurrió justo antes de conocer a mi amiga, y cuando todavía padecía de su adicción. Aunque no es justo lo que hizo, me parece aun más injusto ponerlo de nuevo en la cárcel, hacerle perder su trabajo, tal vez perder el progreso que ha hecho con su adicción, destrozar la vida de su hijo biológico, y las vidas de mi amiga y sus hijos. No obstante, mi amiga es muy fuerte y dura, y no se rinde fácilmente. Admiro su persistencia, su fe, su optimismo. Pero me cuesta entender a veces como puede seguir amando tanto este país, que no la ha amado mucho a ella.

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